Opinión: Las razones por las que los venezolanos rechazan triunfo de Petro

‘Colombia es más que el refugio de millones de nosotros, vomitados por la pobreza’.

Opinión: Las razones por las que los venezolanos rechazan triunfo de Petro

'Colombia es más que el refugio de millones de nosotros, vomitados por la pobreza'.

Lógico es que muchos colombianos se sientan ofendidos (principalmente fastidiados) ante los vaticinios fatalistas que hacen los venezolanos por el triunfo de Gustavo Petro. Qué se creen estos, aparte de venir a Colombia en cientos de miles, con todos los retos que eso implica para la administración pública, vienen a pontificar. Pero entiéndannos, ha sido tal la catástrofe que nos ha dejado la famosa “revolución bolivariana” que los venezolanos ya no tenemos sentido del olfato y todo lo que suena, parece, o huele a izquierda, nos paraliza de pánico (primero) y nos llena de rabia (poco después).

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Con la carne viva tras esta quemadura de último grado vamos por el mundo -ya seis millones de nosotros- tratando de advertir a quien sea que aquello que se nos vendió como “la izquierda”, como cambio, como renovación y aire fresco, fue un amasijo de mentiras, corrupción, miseria y desinstitucionalización. Está claro que eso no tiene o va a pasarle a todos, pero para nosotros es casi una obligación moral advertirlo, más si se trata de Colombia.

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Colombia es para los venezolanos más que el refugio de millones de nosotros vomitados por la pobreza. Colombia se ha convertido en el desiderátum del país que pudimos haber sido si no nos hubiese tocado este colosal incendio de una gente que dijo ser “de izquierda” y fue un cartel de bandidos y narcotraficantes. Con sus altas y bajas -quien lo duda- Colombia crece, tiene unos poderes públicos bastante respetables, una sociedad convulsa pero en la que tener algún trabajo todavía sirve para algo, estudiar no es una odisea absoluta y llega el agua y la luz constantemente a la población. Nosotros perdimos todo eso y los cálculos más optimistas señalan que son necesarios al menos 30 años de correcciones económicas para llegar al nivel que teníamos en 2012.

Fueron millones de ustedes en nuestra casa y ahora millones de nosotros en la suya en un trasiego de almas que desde siempre ha mezclado nuestros destinos y nuestra identidad

Colombia es el espejo en el que los venezolanos nos veríamos bonitos. Para nosotros no tiene el mismo sentido de urgencia advertirle a los mexicanos o a los argentinos o a los chilenos sobre nuestra piel escaldada por “la izquierda”, porque la hermandad más real y tangente la sentimos con Colombia. Fueron millones de ustedes en nuestra casa y ahora millones de nosotros en la suya en un trasiego de almas que desde siempre ha mezclado nuestros destinos y nuestra identidad.

El señor Petro también metió alguna vez el dedo en nuestra llaga de una forma indecorosa. Fue una afrenta cuando en 2016, cuando la hiperinflación que todavía nos azota comenzaba a dejar pieles flacas, muertos por desnutrición y enfermedades prevenibles y dijo desde un mercado -de los poquísimos abastecidos que había en ese momento- que en Venezuela todo estaba bien. Aquella insensiblidad y solidaridad automática con los represores que tantas vidas nos ha costado tratar de extirpar, aún sin éxito, nos llenó de rabia (primero) y ahora que ganó la presidencia de Colombia (un poco después) de pánico.

¿Puede ese episodio (y más de una foto sonreída con nuestros dictadores) juzgarlos por elegirlo? Por supuesto que no, pero aunque nos tilden de metiches y fastidiosos nos supera la urgencia de advertirles, que más allá de la apuesta de cambio que hayan hecho, recuerden estar vigilantes y ser cada día cuidadores del arraigo democrático que tanto les ha costado construir. Cuiden sus votos, sus periódicos, sus protestas, sus tribunales, sus activistas, sus universidades, atentos al odio y resentimiento que destilen los discursos, ese germen de desastres… Se lo pedimos más más con el terror del asustado que con la superioridad del pontificador, porque como dice un dicho de tierras balcánicas: el que se quema con leche caliente, luego sopla hasta el yogur.

VALENTINA LARES MARTIZ
PARA EL TIEMPO

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