Yo no soy cómplice de Qatar

Escribo estas líneas desde un hotel de Doha, la capital de Qatar, y eso no me convierte en cómplice de ningún régimen ni de ningún abuso sobre cualquier colectivo perseguido en este país del Oriente Medio. He venido hasta aquí a hablar del Mundial y si no hubiera viajado tendría que hacerlo igualmente desde España cada noche en mi programa de radio y en mi cadena de televisión. Venir no solo no cambia nada mis ideas sobre esos asuntos capitales, sino que me ayuda a ver las cosas más de cerca, en primera persona y tener una opinión mucho más formada para ponerme delante de un micrófono.
Estoy absolutamente en contra de que la FIFA haya prohibido los brazaletes en favor de la comunidad LGTBI. Me parece lamentable cómo este organismo ha mirado sistemáticamente para otro lado en el dramático asunto de las muertes de trabajadores en la construcción de los estadios. Incluso recuerdo cada día el sospechoso origen de la designación de Qatar como sede de un Mundial, un país pequeño, sin tradición, sin pasión por el fútbol y que ha obligado a modificar la época del año en la que históricamente se celebra este torneo.
Pero debemos admitir que gracias al Mundial cada día miles de personas denuncian, y hacen muy bien, la vulneración de los derechos humanos en Qatar. Lo hacen desde aquí y desde cualquier parte del mundo. Lo hacen personas que antes no conocían ni la existencia de este problema en estas latitudes. Es más, desconocían incluso la existencia de este territorio. Gracias al fútbol unos jugadores iraníes han protagonizado el gesto más valiente de la época reciente de este deporte, negándose a cantar su himno en señal de protesta mundial contra su gobierno por la represión del Estado contra las mujeres. Se la jugaron de verdad y ellos son los primeros héroes de este Mundial.
No venir a este país no habría arreglado nada. La prensa mundial no habría arruinado al Estado de Qatar si hubiera decidido desempeñar su labor desde sus países en señal de protesta. La libertad de expresión es un bien que nosotros nos ganamos hace muchos años y su desempeño en este Mundial es el mejor boicot. El negocio de Qatar no es la FIFA ni el fútbol… para ellos esto es un pasatiempo de final de año, un capricho que se han dado. Como lo son las motos, la Fórmula 1, el golf y otras muchas competiciones internacionales que llevan años compitiendo en lugares tan restrictivos como este.
Habría que preguntar a los homosexuales qataríes si para ellos este mundial es una traición o por el contrario les ha ayudado a tener el altavoz que jamás habrían conseguido por cauces diplomáticos. Respeto mucho a los que por principios no quieren estar en Qatar, a todos aquellos que no han querido cantar en la ceremonia inaugural o colaborar publicitariamente con el evento, pero, por favor, ni los jugadores ni la prensa ni los aficionados somos cómplices de ningún régimen autoritario. Si no que se lo pregunten a los futbolistas iraníes, mis auténticos ídolos en este Mundial.

Yo no soy cómplice de Qatar

Escribo estas líneas desde un hotel de Doha, la capital de Qatar, y eso no me convierte en cómplice de ningún régimen ni de ningún abuso sobre cualquier colectivo perseguido en este país del Oriente Medio. He venido hasta aquí a hablar del Mundial y si no hubiera viajado tendría que hacerlo igualmente desde España cada noche en mi programa de radio y en mi cadena de televisión. Venir no solo no cambia nada mis ideas sobre esos asuntos capitales, sino que me ayuda a ver las cosas más de cerca, en primera persona y tener una opinión mucho más formada para ponerme delante de un micrófono. Estoy absolutamente en contra de que la FIFA haya prohibido los brazaletes en favor de la comunidad LGTBI. Me parece lamentable cómo este organismo ha mirado sistemáticamente para otro lado en el dramático asunto de las muertes de trabajadores en la construcción de los estadios. Incluso recuerdo cada día el sospechoso origen de la designación de Qatar como sede de un Mundial, un país pequeño, sin tradición, sin pasión por el fútbol y que ha obligado a modificar la época del año en la que históricamente se celebra este torneo. Pero debemos admitir que gracias al Mundial cada día miles de personas denuncian, y hacen muy bien, la vulneración de los derechos humanos en Qatar. Lo hacen desde aquí y desde cualquier parte del mundo. Lo hacen personas que antes no conocían ni la existencia de este problema en estas latitudes. Es más, desconocían incluso la existencia de este territorio. Gracias al fútbol unos jugadores iraníes han protagonizado el gesto más valiente de la época reciente de este deporte, negándose a cantar su himno en señal de protesta mundial contra su gobierno por la represión del Estado contra las mujeres. Se la jugaron de verdad y ellos son los primeros héroes de este Mundial. No venir a este país no habría arreglado nada. La prensa mundial no habría arruinado al Estado de Qatar si hubiera decidido desempeñar su labor desde sus países en señal de protesta. La libertad de expresión es un bien que nosotros nos ganamos hace muchos años y su desempeño en este Mundial es el mejor boicot. El negocio de Qatar no es la FIFA ni el fútbol… para ellos esto es un pasatiempo de final de año, un capricho que se han dado. Como lo son las motos, la Fórmula 1, el golf y otras muchas competiciones internacionales que llevan años compitiendo en lugares tan restrictivos como este. Habría que preguntar a los homosexuales qataríes si para ellos este mundial es una traición o por el contrario les ha ayudado a tener el altavoz que jamás habrían conseguido por cauces diplomáticos. Respeto mucho a los que por principios no quieren estar en Qatar, a todos aquellos que no han querido cantar en la ceremonia inaugural o colaborar publicitariamente con el evento, pero, por favor, ni los jugadores ni la prensa ni los aficionados somos cómplices de ningún régimen autoritario. Si no que se lo pregunten a los futbolistas iraníes, mis auténticos ídolos en este Mundial.

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